Prev | Next (1 of 6) Back to thumbnails

  • RAMLIYATI, serie Hendu

    Instalación realizada con nube de arena. C-Print. 100x140 cm. 2014

  • TRAB, serie Hendu

    Instalación realizada con nube de arena. C-Print. 100x140 cm. 2014

  • RIYAH, serie Hendu

    Instalación realizada con nube de arena. C-Print. 100x140 cm. 2014

  • EMENGE, serie Hendu

    Instalación realizada con nube de arena. C-Print. 100x140 cm. 2014

  • DOUDA, serie Hendu

    Instalación realizada con nube de arena. C-Print. 100x140 cm. 2014

  • POUSSIÈRE, serie Hendu

    Instalación realizada con nube de arena. C-Print. 100x140 cm. 2014

HENDU

Hendu means ‘cloud with sand’ in Poulaar, one of the several spoken languages in Mauritania. There are some countries that correspond with a singular color. Sometimes, these so called monochromatic countries emit a color of serenity, of stillness, and of a silence without an apparent purpose. Nearly colorless particles cover everything under this basic monochromatic layer and inhibit us from seeing the stark reality that inevitably and immovably lies beneath. To a sometimes greater or lesser degree, this reality is always painful. It can be just a small cut or crack, but its very existence damages the surrounding landscape. Here it must remain, unaccountable to anyone or anything.

This singular color unites all that exists within the place, and is what remains when the silence ends, reforms, recreates, and again dissolves. Depth is lost, and ones gaze futilely seeks a point on which to fixate. There is no energy or movement to be had before our eyes as they continue their fruitless search, as without the formation of shadows, we cannot discover clues as to what is actually happening. It is, after all, a mental state that allows us to understand the full breadth of our own limits. It does not transform or replace reality, but rather scatters holes throughout it.

In Mauritania, everything is of one color and covered by sand. The blanketing sand inundates every available space, so much so that one could drown in it. It seems so subtle, almost poetic even, amid the clarity and the illuminating white light. But nevertheless there is an aggression and almost mortifying power in a substance that can hide an entire landscape. An act of absolute combativeness towards all that attempts to survive is essential to flatten, silence, and even destroy anything in its path. Layer upon layer build until all treasures in the invaded space succumb to the overwhelming power of the sand.

In Hendu there is a double appropriation. On one hand, there is a cloud artificially imposed on the space that almost doesn’t appear to fit in the space itself. The cloud has its own particular capacity, particles, dynamics, color, and light in contrast to the rest of the scene. It presides over the ground from which it rises, and is suspended momentarily in a sky which almost seems to support it. More important still is not the cloud itself, but rather its ability to shroud what may lie behind. Unrevealed to us is a reality that we do not wish to see, as we prefer to remain in the beauty of the almost opaque and carelessly suspended particles of the cloud. Behind there is the painful truth, that reality that we cannot bear, from which we hide and remove ourselves entirely.

Yet we cannot help but crane our necks to catch a glimpse of what lies beyond. We strain to peek behind this cloud, subtle yet mortifying at the same time, and past the sandy color that unifies the landscape. We know that something must exist, perhaps painful, behind the numerous deposits of sand and dust. We know that time and passions die in the scene before us. Tilting our heads towards the other direction, we see a way that leads to such illusions that contradict the landscape. Over a white background, we recognize the contrast of lines that urge us to keep looking, decoding, and fighting. Because the cloud is not ignorant of its nature, it has the capability to extend between the stones that make up the soil and spread from the silence. Squinting, now we can see better still the structure of a house, a sandal, and a group of Acacia trees with their blossoms just beginning to open. In fact, we then realize that if we truly make an effort, the unknown can only be enjoyed without the need to be seen or recognized.

In Hendu, I have shown clouds that did not serve to hide, but rather demonstrate the simple fact that we want to see and find something that we know must be beyond. We want to sense the invisible because of the places that it could transport us and we aim to confront what we subconsciously know. All this can be seen through the same process; through pervasive gaze and reveling in our own search and the clues that we discover ourselves. And it is through this process that we realize that we can reveal our own essence, not by reason but by intuition.

HENDU

Hendu significa nube con arena en la lengua poulaar, una de las lenguas que se hablan en Mauritania. Existen países a los que les corresponde un color. A veces, existen países monocromos que desprenden un color de serenidad, de no movimiento, un silenciarse sin aparente objeto. Existen partículas casi incoloras, que lo cubren todo y no dejan ver una realidad que permanece, de manera casi inevitable e inamovible, debajo de esa primera capa monocroma. La realidad siempre es dolorosa, en más o menos grado. A veces es sólo una pequeña herida, una hendidura pero su existencia escuece en medio de un paisaje en el que hay que permanecer, en el que no sea necesario dar cuenta a nada ni a nadie.

Ese color que todo lo cubre, unifica la existencia de un lugar y es entonces cuando el silencio detiene, ordena, crea y disuelve. Se pierde profundidad, la mirada se mueve de un lado a otro pero casi no tiene un lugar donde detenerse, no hay un dinamismo ante nuestros ojos, es un continuo buscar sin descanso. Las sombras no tienen dónde crear un límite de una forma que nos de pistas de lo que está pasando en realidad. Es, al fin y al cabo, un estado mental, que permite captar toda la amplitud de nuestro propio límite. No viene a transformar ni a desplazar la realidad, sino a sembrar vacíos en ella.

En Mauritania todo es un color, es todo una forma constituida por todas las formas cubiertas por la arena. El polvo que todo lo cubre, inunda incluso las cavidades y nos puede hasta ahogar. Parece algo sutil, incluso poético, en medio de su claridad, de esa luz tan blanca que lo ilumina, sin embargo, existe una agresividad, una potencia, incluso casi mortífera, en esa sensibilidad de cubrirlo todo. Para taparlo todo es necesario un acto de combatividad absoluta hacia todos los volúmenes, hacia todo lo que intenta sobrevivir, para aplanarlo, silenciarlo, incluso destruirlo y seguir depositando capas y más capas, apropiándose así todos los tesoros de ese espacio invadido.

En Hendu existe una doble apropiación. Por un lado una nube creada, una nube artificialmente impuesta al espacio pero en el lugar, en un sitio concreto, con sus propias partículas, con sus propias dinámicas, con su color, con su luz que casi no modela las formas de ese espacio. Es depositar sobre lo depositado, unir esa tierra que obligadamente se eleva, con el cielo que casi parece sostenerla. Pero más importante aun es el hecho de tapar lo que hay detrás. No dejar ver una realidad que no queremos ver porque preferimos quedarnos en la belleza de esas partículas suspendidas, blancas, casi transparentes. Detrás de ellas existe esa realidad dolorosa, aquella realidad a la que no queremos mirar, aquella en la cual no nos queremos detener, de la que huimos, la escisión hacia nosotros mismos.

Y, sin embargo, no podemos evitar ladear nuestra cabeza para asomarnos, para intentar reconocer, para ver más allá de todo lo que tapa esa nube sutil y mortífera a la vez, de ese único color que lo ha unificado todo. Sabemos que existe algo, quizá doloroso, detrás de todas las capas de polvo. Sabemos que en esa escena ante nosotros, mueren el tiempo y las pasiones. Ladeamos la cabeza hacia el otro lado. Vemos alguna forma que nos lleva hacia esas ilusiones que aun se disputan entre el paisaje. Reconocemos sobre el fondo blanco, el contraste de unas líneas que constituyen la vitalidad de seguir mirando, descifrando, luchando. Gracias a que la nube no desconoce su naturaleza, ésta es capaz de extenderse entre las piedras que constituyen el suelo y sembrar desde el silencio. Aun así entornamos los ojos y ahora vemos mejor aun, una estructura de casa, una sandalia, unas acacias, inclusos sus espinas empezamos a vislumbrar. En realidad, nos damos cuenta que si nos esforzamos, lo oculto únicamente puede ser disfrutado sin la necesidad de reconocimiento, sin la exigencia de ser visto.

En Hendu he creado nubes que no pretendían esconder, sino mostrar el hecho de querer ver más allá de ellas, de querer encontrar algo que sabemos que está al otro lado. De intuir lo invisible porque sabemos que nos llevará a otros lugares. De querer afrontar lo que sabemos de manera inconsciente. Todo ello, apreciando el propio proceso, el recorrido de la mirada, disfrutando de nuestra propia búsqueda, de las pistas que nos vamos encontrando. Y así nos damos cuenta que lo que podía revelar nuestra esencia, no era la razón, sino la intuición.