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  • TYR 01_LÍBANO, serie Rutas Negras.

    Instalación realizada con pigmentos naturales. C-Print. 150x215 cm. 2010

  • TYR 03_LÍBANO, serie Rutas Negras.

    Instalación realizada con pigmentos naturales. C-Print. 150x215 cm. 2010

  • CHELLAH 01_MARRUECOS, serie Rutas Negras.

    Instalación realizada con pigmentos naturales. C-Print. 150x215 cm. 2010

  • BAALBEK 01, serie Rutas Negras.

    Instalación realizada con pigmentos naturales. C-Print. 150x215 cm. 2010

  • SAIDA 02_LÍBANO, serie Rutas Negras.

    Instalación realizada con pigmentos naturales. C-Print. 150x215 cm. 2010

  • GIZA 01_EGIPTO, serie Rutas Negras.

    Instalación realizada con pigmentos naturales. C-Print. 150x215 cm. 2011

BLACK PATHS

A Pathway is a choice (or a method, if we look at its Greek etymology). Isolated paths, absurd paths, our saviours from the uniformity of Global Highways. We walk through them to feel free from barriers and inconveniences, and more so to leave ourselves behind than to escape from others. Cartographies of The Garden, or cartographies of anti-paradise, negative maps, vague and fractured pathways (isolated, blurred, disconnected, they boldly confront Hyper-connectivity). I present here a catalogue of isolated pathways, of remains of failed cartographies. In a web-society, in a perfectly mapped society, in a systematized society (with its linked and hyperlinked paths, with its profusion of signs and indications). I have to document isolated pathways, isolated streets, pavements and roads. The subject atrociously reflected in the continuous web, and blurred in his discontinuity, in a way, is one of these isolated pathways. Pathways for which we do not have a decoding key, or for which there never was one. Pathways that do not lead anywhere, segmented pathways that end up in a wood, or in a deserted field or a ruin, that don't go any further.

And then there is everything that surrounds the pathway. As in the Stygean Lake. In the paintings of Patinir, everything seems clear: paradise at one side, hell at the other. Both places, tough, are so similar, so strange, so confusing. A pathway could define these two ends, but both are equal as in equally strange. How far are they truthful, then, the different objects that are placed as identifiers for one or the other? How are they not an illusion? I have fantasized with presenting the gaze of a confused individual - someone aware of the contradictions of our conceptions of time -, someone a bit outside reality, someone in whom still bits and pieces of paradise or the primeval garden remain alive after having to leave it, someone who understands certain codes. This person is following a meticulous cartography, but this cartography does not describe reality.

This way, some things come to the fore, like re-discovered sunken ruins. At each end of these black paths there are cities that have now been abandoned, but that were once cardinal points in the maps of our historiographic fantasies. By looking at the point were one of these roads arrives at a forgotten cities, we can evoke or fantasize about links between different cultures. Our cultural identity was built by these routes, as

These cities from the past - these cities we never saw - are frequently to be found nowadays within the limits of contemporary urban spaces - the cities we see and perceive today. Each of these ancient metropolises, each ending point of those routes that are part of our cultural heritage, triggers a dark path, a sombre pavement, a black route on witch we'll walk and reconstruct with our gaze the meanings implied by the surrounding landscapes. We walk with a perplexed look. And at the moment when we fixate the vestiges of what has been destroyed, we tend to abstract a sublime image, following the teachings of the Romantics: a moment of sublime visual construction when confronted with a destroyed reality.

The limitations of a finished work when confronted with the magnitude of expression of the world that we inhabit are hereby underlined. The limitations of our ideas of time are questioned as well, as we confront events that fold out beyond human presence.

RUTAS NEGRAS

Un camino es una lógica (un método: camino en griego), caminos en crisis, aislados, incomprensibles, y salvadores también de la autopista total. Caminamos principalmente para sentirnos libres de todos los impedimentos y de todos los inconvenientes; para dejarnos atrás a nosotros mismos, mucho más que para librarnos de otros. Cartografías del jardín, cartografías del desparaíso, antimapas, caminos vagos y fraccionados, (caminos aislados, difusos, desconectados, frente a la hiperconexión total). Nos encontramos con un catálogo de caminos aislados, restos de cartografías fracasadas. En la sociedad-red, en la sociedad-perfectamente cartografiada, en la sociedad definida (caminos hipervinculados, hiperseñalizados), documentación de vías aisladas, calles, caminos, calzadas, carreteras, aisladas. El sujeto atrozmente reflejado en la red continua, y borroso en su discontinuidad, en cierta forma, es uno de estos caminos aislados. Caminos de los que nunca o ya no tenemos claves de comprensión cierta. Caminos que no guían, caminos parciales que acaban en un bosque, o en un páramo o en una ruina y no continúan.

Por otra parte está todo lo que rodea al camino, como en la Laguna Estigia. En la pintura de Patinir, todo parece claro: paraíso de un lado, infierno, del otro. Ambos lugares, sin embargo, son tan parecidos, tan extraños, tan confusos. El camino define dos lados, ambos son iguales en cuanto a extraños. ¿Hasta qué punto son reales los diferentes objetos, que se disponen a su alrededor, hasta qué punto son ilusorios? La mirada de un sujeto difuso de la realidad (ese presente incomprensible por confuso), los restos del paraíso/jardín, después de haberlo abandonado, el código. La cartografía minuciosa, imposible, incapaz de comprender la realidad.

Surgen cosas olvidadas ya tiempo atrás, ruinas hundidas. A cada lado de la ruta surgen ciudades ahora abandonadas pero que en su día fueron puntos cardinales de nuestro mapa historiográfico. Cada punto, uniendo cada ciudad enterrada, crea una ilusión de lo que unió distintas culturas. A través de estas rutas nos hicimos uno, y distintos a la vez. La ciudad que no pudimos ver emerge con frecuencia en el interior de la ciudad que vemos. Cada metrópoli, cada punto unido de nuestro vestigio cultural, crea una ruta oscura, camino en la sombra, ruta negra sobre la que caminamos para reconstruir con nuestra mirada un paisaje lleno de significados. La mirada es perpleja. En ese momento, cuando miramos los vestigios de lo destruido, codificamos, como lo hacían los románticos, lo sublime: la convergencia de la destrucción natural y la construcción sublime ocular.

De ahí los límites de la obra finita frente a la infinitud de la extensión del mundo natural donde subsisten las cosas y por otra, la propia densidad del tiempo, su existencia mas allá de la presencia del hombre.