SANTOS

 

Los Santos son hombres y mujeres distinguidos en las diversas tradiciones religiosas. En el mundo cristiano se dice que es una persona a quien la iglesia declara como tal y manda que se le de culto universalmente. Es decir, son personas normales, que no provienen de un entorno divino sino de un entorno vecino al nuestro, al del espectador, pero con ciertas virtudes especiales que nos dan ejemplo.

En el periodo barroco, la representación artística se utilizó básicamente en función a la renovación católica frente al protestantismo. Se fomentó el culto a las imágenes y a la representación de los misterios sagrados y se crearon unos cánones muy concretos y estrictos en materia de arte religioso. Sin embargo, el resultado de este espíritu tan rígido, en vez de restringir el espíritu creativo, permitió un crecimiento de las actividades artísticas. Este arte austero y funcional, de combate y disciplina, pensado y reglamentado con unos fines muy concretos derivó en poco tiempo hacia la suntuosidad, la riqueza y el recargamiento.

En este sentido, con la influencia iconográfica e histórica de ciertos aspectos del arte barroco detrás, he querido recuperar precisamente, uno de los géneros más representados en aquella época, la representación de los Santos, en un periodo histórico en el que se podrían crear ciertos paralelismos. Los hombres de aquel siglo estaban sometidos a sentimientos contradictorios de amor y violencia, de alegría y temor. Los Santos, como personas normales, con sus defectos terrenales, eran el mejor ejemplo para ilustrar estos sentimientos de pasión, iluminación, sufrimiento, devoción, frustración… ¿Quién dice que en nuestro entorno, nosotros mismos, no podemos ser salvados de un periodo que nos sume en la confusión y la depresión? El rescate de este género, adaptado a mi entorno más próximo, es una manera de  interpretación pero también de salvación, a través de una extraña dulía actual, hacia unas personas (a nosotros mismos) que igualmente son poseedoras de virtud y dignidad. Como recita Dante: “Nel mezzo del cammin di nostra vita,/ mi ritrovai per una selva oscura,/ ché la diritta via era smarrita.”

SAINTS

 

Saints are distinguished men and women among various religious traditions. In the Christian world, saints must be declared by the church and become figures for universal worship. However, they are ordinary people: they do not come from a divine environment, but from our own world; yet they possess certain unique virtues that set an example for us all.

 

In the Baroque period, artistic representation in Catholic areas served mainly the purpose of renewal of the Church as a reaction against Protestantism. Worship of images and representations of sacred mysteries was promoted, and very detailed and strict standards were developed with regard to the creation of religious art. However, such rigid ideology did not result in a stifled creative spirit, but instead instigated and encouraged artistic growth. A sober and practical art, intended for militancy and discipline, carefully planned and regulated with very specific aims, soon gave way to lavishness, extravagance and overembellishment.

 

Against the backdrop of the iconography and history of baroque art, I have intended to revive one of the most represented genres of that period, the depiction of the Saints, in a manner as to draw certain parallels with our time. Men and women of that era were subject to opposing feelings of love and violence, joy and fear. The saints, as ordinary people with their earthly weaknesses, were the best examples to illustrate those feelings of passion, enlightenment, suffering, worship and frustration. Why could we not, in our own present-day environment, find salvation in a period that has us immersed in confusion and depression? The revival of this genre, which I have adapted to my closest circle, is a route of interpretation, but also of salvation, by means of a contemporary devotion of sorts towards individuals (ourselves, in fact) equally possessing virtues and dignity. In the words of Dante: “Nel mezzo del cammin di nostra vita,/ mi ritrovai per una selva oscura,/ ché la diritta via era smarrita.”