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  • LAAL PATTI 01, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PATTI 02, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PATTI 03, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PATTI 04, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PAANI 01, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PAANI 02, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PAANI 03, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PAANI 04, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

  • LAAL PAANI 05, serie Laal

    C-Print. 120x170cm. 2016

LAAL

Escaping from the omniscient landscape is a task that demands the imagination of the observer. Nature does not stand firm in front of us: it simply stays there, in all its ability to be there, taking possession of its entire sufficiency of existing in that place, in that moment, immersed in that light that makes it be. But it is not to be found in a state of quietness either. Any movement in it reflects a transformation taking place in its own self, or rather a constant and introspective development. A landscape is in a state of flux; it is not a given. It reincarnates again and again in all its qualities, and it is then when we stand firm in front of it. We inhabit the landscape through our gaze. We wander the scene ahead of us in search for its mystery, haunted by a longing that will not allow us to stay still in the presence of an elusive reality. We look at it with confidence due to its stillness, but deep inside we give form to a silent confession which is filled with anticipation: our desire for vastness transmutes into act, and we identify ourselves with that place. What follows then is a whole series of intervening experiences in which one could characterise the diverse aspects of a steady process of introversion. In that moment, we become separated from the world, or we return to it, and then all its features and details, every aspect of the nature we are observing, turn to us; we recognise ourselves in the landscape, and we conquer a place which, in reality, stays beyond what we observe. We instantly seize the confluence of the absent and the magic space beyond the appearance of the actual objects.

There is always a purpose in one’s manner to stay in a place. In my case, the choice is the result of a desire for persistence and the trace left by its ephemeral nature. Intervention in the landscape is merely a manner to enter into a mechanism of transformation towards oneself. It also allows us to expose, or rather to extract, a sensation out of a machinery in perpetual motion. Whatever is hidden becomes apparent through the imagination and the presence in that place. Intervention is also a means to identify with your sensitivity, to present oneself obliquely through the reflection depicted in the image.

Light defines the colour of a place. In India, its geographic coordinates determine the origin of a light that encompasses the liveliness of a region. Admittedly, I could not escape the local idiosyncrasy and the vibration of a specific colour put me under a spell. Laal is Hindi for “red”, but it also means vivacity, energy, richness, passion, fortune, happiness, purity. It is a spiritual colour, though: not merely a symbol of all those qualities, but a colour with a significance of its own which is real, indispensable, essential. The presence of that colour, even prior to its actual appearance, can be found in the landscape, like a flash of lightning fulfilling its own occurrence through a state of determination. There was no choice, no escapism through the conceptualisation of a colour. It was existence itself (laal rang: red colour) coming from that place. The power of the goddess Shakti, with its seductive presence, being reached after a long wait, after a trek, a journey, a path that is the meaning itself.

Such has been my contribution to the landscape: observing it, inhabiting it, giving it a new ephemeral appearance, sometimes even too short (flowing water hardly allows for the simultaneous presence of the inquiring gaze and the soluble intruder). Identifying it in its intact and fertile nature, altering it within its transformational dynamics. What is important is to be able to find the mystery of a place in one’s creative intuition, even if the place is unfamiliar. And so, it is up to the imagination to search for the transformations that will make that particular landscape compatible with one’s perception of the intensity of that place. By decree of the imagination, seduced by the purity of the colours in that space, the depiction takes ownership of the ductility of the landscape. A landscape, either watery or vegetal, impudently signalled through the intensity of a tincture that is superimposed to its original colour, covering up its surface so as to point to the textures that define its presence. In the relationship between the colours, not only will the distances vary, but also the object itself will change its shape and adopt new attributes. From there emerges a fresh gaze: one fixed on the image. A desire towards a new mystery, without diminishing its intensity, without losing the hope for an essence that originates from the presence in a landscape. Explanatory note: the use of the red colour is not intended to represent the damage or destruction of the landscape through the symbolism of a bleeding wound; rather, it illustrates the emanation of a place, of a culture and of a light that together define the essence of a landscape.

LAAL

Escapar al paisaje omnisciente es una labor que recurre a la imaginación del que observa. La naturaleza no se planta ante nosotros, simplemente está con toda su capacidad de estar, apoderándose de toda su suficiencia de existir en ese lugar, en ese momento, en esa luz que la hace ser. Tampoco es un estado de quietud en la que se encuentra, el movimiento corresponde a una transformación en sí misma o mejor dicho, en un movimiento constante e introspectivo. El paisaje se modifica, no viene dado. Se reencarna en todas sus cualidades y es entonces cuando nosotros nos plantamos ante él. Habitamos el paisaje a través de nuestra mirada. Recorremos esa escena que se extiende ante nosotros buscando su misterio, embrujados por un deseo que no nos deja permanecer en reposo ante la existencia de algo que se nos escapa. Miramos confiados por su quietud pero en realidad le hacemos ya, silenciosamente, una confesión que es un anticipo: el deseo de lo inabarcable se transforma en acto y nos identificamos con ese lugar. Hay entonces toda una serie de experiencias intermedias en las que se pueden distinguir los diversos aspectos de una progresiva introversión. En ese momento, nos escindimos del mundo o retornamos a él y todos sus detalles, todos sus pliegues, cada una de las hojas de aquella naturaleza que observamos, se tornan hacia nosotros. En ese momento, nos reconocemos en el paisaje, conquistamos un lugar que, en realidad, se encuentra más allá de lo que observamos. En ese instante, nos apoderamos de la confluencia de lo ausente y el poder que ostenta la apariencia de los objetos reales para designar, detrás de ello, un espacio mágico.

Hay una determinación en la manera de permanecer en ese lugar. En mi caso, la elección viene dada a través del deseo de continuidad y la huella especificada por su carácter efímero. La intervención del paisaje no es más que introducirme en ese mecanismo de transformación hacia sí mismo. Por otra parte, es exponer o mejor dicho, extraer una sensación dentro de un engranaje en perpetuo movimiento. Lo oculto se hace presente a través de la imaginación y de la presencia de ese lugar. También supone identificarte con tu sensibilidad, presentarse oblicuamente a través del reflejo que ofrece la imagen.

La luz define el color de un lugar. En India, las coordenadas de su geografía concretan la procedencia de esa luz que delimita la vitalidad de una comarca. Tengo que admitir, que no pude escapar de lo anecdótico de su emplazamiento y me dejé hechizar por la vibración de un color determinado. Laal significa rojo en hindi pero también es vitalidad, energía, riqueza, pasión, fortuna, felicidad, pureza. Es un color espiritual, no un símbolo cedido por la interpretación de todas esas representaciones (sustantivos por su existencia real, imprescindible, esencial). La presencia de ese color, que viene antes de su apariencia, se encuentra en el paisaje colmado: como un rayo que atraviesa un estado de determinación para cumplir su propia aparición. No había opción, nada de escaparse hacia lo conceptualizado de un color. Era la existencia en sí mismo, (laal rang, color rojo), venido de ese lugar. Era la potencia de la diosa Shakti con su seductora existencia a la que das alcance después de una larga espera, después de un recorrido, de un viaje, de un camino que es el significado en sí mismo.

Esa ha sido mi aportación al paisaje: observarlo, habitarlo, regalarle una nueva apariencia efímera, demasiado breve en algunos casos (el agua en su fluir, no deja casi espacio para la presencia simultánea de la mirada deseante y el intruso soluto). Identificarlo en lo intacto y fecundo de su naturaleza, alterarlo dentro de su dinámica transformadora. La importancia radica en saber identificar en la propia intuición creadora el misterio de un lugar, aunque sea desconocido. Y así, le corresponde a la imaginación, la búsqueda de las metamorfosis que harán ese paisaje compatible con la aparición de la intensidad de ese lugar. Por decreto de la imaginación, seducida por la pureza de los colores de ese espacio, la representación se hace dueña de la ductilidad del paisaje. Paisaje líquido, paisaje vegetal, señalado descaradamente con la intensidad de un pigmento superpuesto a su color original. Cubriendo su superficie para apuntar a las texturas que definen su presencia. En la relación entre los colores, no solamente variarán las distancias, sino que el objeto mismo se deformará y adoptará aspectos nuevos. Y de ahí se vuelve a una nueva mirada (la de la imagen), a un deseo hacia un nuevo misterio, sin perder su intensidad, sin modificar las esperanzas de la esencia que ofrece la presencia ante un paisaje.

Nota aclaratoria: el trabajo con el rojo no persigue representar el abatimiento o la destrucción del paisaje a través del simbolismo una herida sangrante, sino identificarse con lo que emana de un lugar, de una cultura y de una luz que la define en su esencia.